Mi historia de amor con Oscar

Fragmento de mi libro "Enfermé para sanar"

Domingo 19 de agosto 2012

¡Salió el sol! Es un día hermoso. Regalo de aniversario. Hace un año que nos casamos, hace tres que estrenamos esta casa y hace seis que nos encontramos en el árbol de papá en Palermo. Conocí a Oscar cuando estaba en crisis con un novio que ensayaba una obra de él. Después del estreno la crisis terminó en ruptura. Tiempo después nos encontramos con Oscar. Fui a buscar lo que escribí ese octubre de 2006 que cuenta el milagro de nuestro encuentro.

Faltan treinta días para cumplir los tan temidos cuarenta y mi vida no es como yo imaginé que fuera. Yo ya sé que venimos a la vida para aprender y evolucionar, y que el dolor es inevitable, y que sin sufrimiento no hay crecimiento, ¡y que de las crisis se sale fortalecida! Y todas esas frases cursis que se dicen para justificar las cosas insoportables que tiene la vida. ¡Pero yo quiero una tregua! ¡Quiero ser feliz!¡Aunque sea por una estación entera!

-No te preocupes, en quince días entra Mercurio y se acaba tu ciclo Saturnino, - me dijo mi bruja, que ya no sabe en qué libro de astrología buscarme porque soy un caso ¡dificilísimo! –Yyyy, ese ascendente en Escorpio, nena, te va a estar molestando hasta los cuarenta y cinco años.

-¿¡Quéeeeee!? ¡Pero eso no me lo dijiste nunca! - grité histérica.

-Bueno, es que si te lo decía hace diez años atrás te iba a parecer una eternidad. En cambio ahora sólo te faltan cinco, - trataba de calmarme.

-El otro día me dijeron que la mejor edad de la mujer es desde los cuarenta hasta los cuarenta y cinco. ¿Justo cuando se me acabe la etapa de gloria femenina empieza mi ciclo de gloria astrológica? ¡No ves que lo mío está destinado al fracaso!- le lloraba sin consuelo. Corté el teléfono, harta, y sin creer más en nada, ni siquiera en mi bruja que hace años que me quiere convencer de que mi vida algún día va a terminar siendo un éxito. En medio de mi desesperación, no me quedó más remedio que ir al supermercado. Yo puedo hacer ayuno hasta desintegrarme, pero mi hija no.

 -¡Se acabó el dulce de leche y no hay pan lactal, ni bananas, ni agua, ni nada, che Marilú!- me dijo Lorenza, preocupada. Salí de casa, como todos estos días, escondida detrás de mis anteojos oscuros y en un estado deplorable. Me arrastré hasta el Jumbo. Mientras iba con el changuito embolsando naranjas, tomates, y pepinos, no podía dejar de llorar. Yo no sé si lo hacen a propósito para que una no se dé cuenta de lo que compra, pero escuchando esas canciones espantosas de amor de Cristian Castro, me deslizaba como una sonámbula llorando por las góndolas. De repente, mientras elegía los pepinos, me acordé de Merlina que siempre me dice que cada vez que compra pepinos piensa en mí. ¿Por qué será? Ese recuerdo no hizo más que generarme más desesperación. ¡Cuánto tiempo hacía desde la última vez que había tenido sexo! ¡Y con este aspecto, todo lo que podía llegar a faltar! Pero no me tengo que subestimar tanto. Por algo mi cuñada compra pepinos y se acuerda de mí. Este es mi problema, la falta de confianza, -pensaba mientras apoyaba las compras en la cinta de la caja registradora, cuando de pronto sonó mi teléfono celular. Era él, mi ex, que me sugería, muy alterado, “rompernos el orto” así dijo y tratar de seguir adelante con nuestra relación. Sus gritos en el teléfono eran tan fuertes que la cajera me sonrió compadeciéndose. Mirando los pepinos tomé coraje y le dije que no, que ya nos lo habíamos roto muchísimo, más de lo que mi delgado cuerpito puede resistir. Corté y me sentí, poderosa. Después de tanto tiempo volvía a ser yo.

Estaba en presencia de esa mujer bárbara que sé que llevo adentro, bien adentro, tan adentro que casi nunca la encuentro. La cajera me miró y me dijo:

-¡Sos una ídola! ¿Cómo hiciste? Hace meses que estoy tratando de decirles que no a mi amante, a mi marido, a mi madre, a mis hijos, al perro, al canario ¡y no puedo!

-¡Son los cuarenta y mercurio que está entrando en mi cuadratura! - le contesté cancherísima.

Salí del supermercado volando por la ventana y mientras esquivaba una nube, me volvieron las ganas de comer. Entré por el lavadero mientras Lorenza que estaba lavando un par de zapatillas, se quedó helada y me dijo:

-¡Ché, Marilú, al fin volando otra vez! ¿Te preparo una ensaladita?

-Sííii, de pepinos, condimentada con mucha levadura de cerveza.

A los pocos días de morir papá, hace ya diez años atrás, tuve un sueño en el que él venía caminando por la rambla de Punta del Este, con su equipo blanco de hacer footing. Se lo veía radiante. Me transmitía que estaba muy bien y que no fuera a visitarlo al cementerio porque él no estaba ahí. Unos meses después, plantaron un árbol en su honor, en los bosques de Palermo.

La noche anterior me había llamado mi amiga Anita Piccio. Como me escuchó tan triste, me dijo que le rezara a papá, que solo él me iba a ayudar. Me acosté en la cama y lo hice. Le rogué que me ayudara a ser feliz, a enamorarme, a armar una familia y me dormí. Y soñé con Oscar. Estábamos los tres con Male en una playa de Río de Janeiro. Oscar tenía un traje de baño verde con flores blancas. Éramos una familia feliz.

 A la mañana siguiente cuando me desperté, me bañé, me lavé el pelo, me puse mi mejor equipo de correr, y salí rauda para Palermo. Mientras corría, empecé a pensar: ¡Papá, necesito ayuda! ¡Quiero que me ayudes! En ese momento, recordé lo que había soñado. Y empecé a invocarlo desde lo más profundo de mi alma mientras visualizaba su cara: Oscar, Oscar, Oscar, Oscar. Papá quiero encontrarme con Oscar, pensaba mientras corría. Llegué hasta el árbol y después de acariciar una de sus ramas, entre lágrimas y suspiros le rogué que me ayudara a ser feliz,, besé una de sus hojas, le dije que lo extrañaba mucho y seguí corriendo: -Oscar, quiero encontrarme con Oscar ahora- repetía como un mantra, convencida de que él iba a ser mi felicidad, como había visto en el sueño. Ya me había cansado de correr y estaba empezando a deprimirme otra vez, cuando de repente ¡creer o reventar! ¡Apareció Oscar caminando frente a mí, y no era un sueño! Él también estaba corriendo. Casi me desmayo, me quedé pasmada, ¡shockeada! ¡Qué poderosa es mi mente! -pensé. ¿O realmente era papá que estaba dándome los gustos como siempre? ¿Entonces, el cielo, el más allá, la vida después de la muerte y todas esas cosas, existen?¡Qué buena noticia!

-Hola, ¿cómo estás?- le pregunté tratando de evitar desmayarme, y haciendo de cuenta que me daba lo mismo que fuera él, mi mamá, o mi amiga Valeria.

-Bien, ¿y vos? -me dijo mientras me hacía un gesto para evitar que me acercara a besarlo porque estaba todo transpirado.

-No te preocupes, yo también estoy igual que vos, y lo besé en la mejilla.

Ni bien nos terminamos de saludar, me dijo que estaba enterado de mi separación, que lo que sucede siempre conviene, y que siendo tan jóven y linda no me preocupara porque tenía la vida por delante. Mientras conversábamos lo convencí para que me acompañara hasta el árbol.

Como él conocía a papá pensé que le gustaría saber del árbol y de paso encontré una buena excusa para que el encuentro durara un poco más. Cuando estábamos debajo de sus ramas le conté que un auto había chocado justo ahí, y lo había destruido, que después de un tiempo había vuelto a crecer y ahora era un árbol de tres troncos. Tantos troncos como hijos tuvo mi papá. Nos quedamos parados, bajo su sombra, hablamos unos minutos más y nos despedimos. Cada uno se dio vuelta para seguir su camino, y como en una escena de una película romántica de Meg Rian y Tom Hanks, cuando yo me estaba por empezar a angustiar porque no me había pedido mis teléfonos, ni mi mail, ni mi dirección, ni casamiento, ni nada, me dijo:

-Marina, ¿tenés mis teléfonos?

-No, dije intentando hacerme la interesante.

-Llamame cuando quieras tomar un café o si necesitás algo ¿qué te parece?

- Me parece muy bien, - dije.

Nos despedimos, le agradecí a papá una vez más, pegué un salto y levanté vuelo, feliz, emocionada, con mariposas en la panza, convencida de que por fin la vida estaba en lo cierto, que todo había sido como tenía que ser. Me sentí con fe.

Entré volando por la ventana del lavadero otra vez y, Lorenza, que estaba durmiendo la siesta, se despertó por mis gritos de alegría:

-¡Lo encontré! ¡Lo encontré! ¡Lo encontré!

-¿Qué cosa, che?

¡Al hombre de mi vida! ¡“Al gran hombre, a cuyo lado podrá consumarse la obra de salvación”!, tal cual me había vaticinado el ICHING hacía unos días. Lorenza me miró rara, caminó hasta la cocina y dijo entusiasmada:

-¡Voy a prepararme una ensaladita de pepinos, Marilú! A ver si aparece el mío.

¿Magia? ¿Milagro? ¿Destino? Oscar dijo: “Tu papá te depositó en mis brazos”.

 ¡Gracias pa!